Terapia Familiar

La familia como unidad de tratamiento.  Un artículo clásico de Virginia Satir

La aceptación de la familia como unidad de tratamiento en psicoterapia es consecuencia inevitable de la experiencia e investigación sobre este tema, que han proporcionado nuevos conocimientos sobre la conducta humana, con distintas concepciones del significado y causas de la misma, haciendo posible así distintas técnicas de tratamiento.

Tratar a la familia como una unidad significa tener a todos los miembros de la misma presentes al mismo tiempo, y en el mismo lugar, con uno o dos terapeutas; coterapeutas masculino y femenino. Se entrevista y trata a la familia entera como un sistema primario desarrollado por el hombre y la mujer adultos que son los «arquitectos» que la han construido.

Un síntoma de cualquier miembro de la familia en un momento determinado se ve como expresión de un sistema familiar disfuncionante. Al portador del síntoma, el que se identifica como paciente, se le ve como distorsionado, negativista o/y con un proceso de maduración alterado. Al mismo tiempo está mostrando la presencia de dolor, incomodidad o inquietud en sus figuras protectoras. (Figuras protectoras son las que le han proporcionado, y continúan haciéndolo, alimento, soporte económico y dirigen sus actividades.) El arma más importante del tratamiento en terapia familiar es la aplicación de conceptos y procedimientos relativos a la interacción y comunicación.

Para empezar a considerar el sistema familiar se puede pensar que cada miembro de cualquier familia está inevitablemente ligado al sistema de su familia, aunque sólo sea porque es allí donde empezó el desarrollo. Si el sistema es abierto, puede serle útil para su desarrollo. Sigue moviéndose dentro y fuera de su sistema familiar, según va madurando. Posteriormente se convertirá en arquitecto creando una rama más del sistema, relacionándose con otras personas en otras situaciones.

Para existir como un sistema abierto, la familia necesita jefes que permitan cambiar libre y directamente, con claridad y de una manera adecuada. La capacidad para la expansión y desarrollo se necesita para tres cambios consustanciales a la naturaleza de la vida y al modus vivendi. Son:

  1. Cambios dentro de cada miembro; por ejemplo, cambios que ocurren entre el nacimiento y la madurez en el concepto y uso de la autoridad, independencia, sexualidad y productividad.
  2. Cambios entre los miembros de la familia; por ejemplo, entre los adultos y un niño desde el nacimiento a la madurez, entre marido y mujer antes y después de tener un hijo, la enfermedad o lesiones de uno de los esposos o la edad avanzada de ambos.
  3. Cambios determinados por factores sociales; por ejemplo, guerra, un nuevo trabajo, colegio, vecindad, país o nuevas leyes.

Si el sistema familiar es cerrado, la familia manejará estos cambios inevitables de manera que no alteren su statu quo, negándolos por tanto o distorsionándolos. Esto crea una discrepancia entre la presencia del cambio y el reconocimiento del mismo, y presenta un dilema que ha de solucionarse para que pueda normalizar su vida y las relaciones con sus parientes.

Como al cambio hay que hacerle frente, un sistema familiar que no tenga vías funcionales para asimilarlo quiere decir que estas vías están distorsionadas. Hablando en términos generales, un sistema cuyos directores ven el presente en términos de pasado es un sistema disfuncional. Si los directores son capaces de vivir en el presente, este sistema será funcional. La familia disfuncional, cuando se enfrenta al cambio, produce síntomas.

Los precursores de lo que llamamos síntomas, de las modernas entidades clínicas, son las personas enfermas físicamente, las brujas, indigentes, idiotas y criminales. Hace ya tiempo que se aceptó que todas estas entidades tenían algo en común. La terapia familiar está relacionada con todas ellas.

Inicialmente el tratamiento de los problemas de conducta —desviación de conducta— se centraba alrededor de la persona portadora del síntoma. Esto fue así hasta la aparición de las clínicas para reeducación de niños, donde se visitaba a la madre junto al niño portador del síntoma. Los padres se descubrieron en estos centros muy posteriormente. Más tarde se inició la terapia marital con ambos esposos.

Actualmente tenemos una concepción de la terapia familiar que considera a la persona como individuo y en sus papeles respectivos de: marido, padre, hijo y hermano. Además, las consecuencias sacadas de la experiencia en familias nos dicen que el origen de los problemas viene unido a la selección de esposa y a la habilidad para educar a los niños. Al síntoma se le ve como una información acerca del individuo que lo tiene, de su familia y de las reglas que la rigen; para comprender el síntoma se debe comprender no sólo al portador del síntoma, sino también a la familia y al sistema familiar.

Esto significa que un síntoma, como una psicosis, por ejemplo, en alguno de los padres significa disfunción en la relación marital, así como en la educación de los niños. De la misma manera, los síntomas en un niño significan disfunción en la relación marital. Por esto, si vemos a toda la familia junta, podemos hacer al mismo tiempo el tratamiento y profilaxis.

Creemos que, observando y aprendiendo a comprender la comunicación en una familia, podemos descubrir las reglas que rigen la conducta de cada miembro. El sistema familiar tiene reglas acerca de

  1. El yo y mi manifestación o «cómo debo comportarme»
  2. El yo y la exceptuación de otros o «qué puedo esperar de ti»
  3. El yo y el uso del mundo fuera de la familia o «cómo debo ser fuera de la familia».

Los miembros de la familia no tienen por qué estar al corriente de estas reglas. Nosotros creemos que éstas se forman con la experiencia interaccional y adecuadas a la forma en que cada uno espera sobrevivir, crecer, relacionarse con los demás y producir.

Dado que cada persona viene al mundo sin unas normas para relacionarse en este sentido, debe desarrollarlas mientras crece; desde que nace. El principio de estas normas vendrá marcado necesariamente por aquellos que le rodean. Éstos son los adultos que se espera provean su supervivencia mediante el aporte económico y alimentario, dirigiendo sus acciones y proporcionándole un modelo de lo que puede ser.

Muchos adultos tienen una ligera noción acerca de su importancia como modelos de los niños. Se comportan como si los niños sólo vieran y oyeran aquello que va expresamente dirigido a ellos. Si la manera en que los adultos se comportan entre sí y con los extraños es distinta de la que se pide como norma a los niños, el niño lo percibe. Como el niño está confinado por las reglas acerca de lo que puede decir, por su falta de juicio y por su falta de interpretación de símbolos, el adulto llega a creerse que él está escogiendo lo que el niño ve y oye. En otras palabras, los padres creen que los niños sólo ven y oyen lo que directamente va dirigido para que ellos lo vean y lo oigan. Nosotros creemos que los síntomas de los niños son una clara aunque distorsionada muestra de las discrepancias que han experimentado o están experimentando. El niño no puede desarrollarse si está viviendo con importantes discrepancias acerca de las cuales no puede opinar libremente. Una guía de la naturaleza de las discrepancias se puede encontrar en la manera en que se comunican las familias.

Nosotros nos planteamos el análisis de la comunicación, observando y comprendiendo el sentido de la misma; el significado dado, recibido y el reprimido por cada uno se revela por el uso de palabras, el tono y la medida de la voz, expresiones faciales y el tono y posición del cuerpo. Luego observamos el resultado: qué sucede actualmente en el proceso de la comunicación y qué clase de decisiones conjuntas o entendimientos se dan.

Después examinamos algunos procesos para aclarar cómo ocurre esto. Preguntamos:

  • 1)      cómo se manifiesta la individualidad de cada persona
  • 2)     cómo se toman las decisiones
  • 3)     cómo son las distintas reacciones.

En otras palabras, queremos averiguar las reglas para:

  • 1)      manifestarse uno mismo y validar la unidad e individualidad de los otros;
  • 2)     tomar decisiones,
  • 3)     conocer la presencia de, reaccionar ante y usar nuestras peculiaridades.

Nuestros objetivos en terapia están relacionados con el análisis de la comunicación familiar. Queremos conseguir tres cosas en el sistema familiar. Primero, cada miembro de la familia debería ser capaz de informar congruentemente de una manera total y obvia acerca de lo que ve y oye, siente y piensa, acerca de él mismo y de los otros, en presencia de los otros. Segundo, cada persona será entrevistada en términos de su individualidad, de forma que las decisiones se tomen en términos de exploración y negociación más que en términos de poder. Tercero, las diferencias deben ser tratadas libremente y usarse provechosamente orientándolas hacia la madurez.

Cuando se realicen estos cambios, la comunicación dentro de la familia permitirá resultados apropiados. Resultados apropiados son las decisiones y conductas adecuadas a la edad, habilidad y roles de los individuos, que adecúan las obligaciones de éstos al contexto que los envuelve, facilitando así el éxito común de la familia.

Me gustaría darles una simple muestra de la relación entre las reglas de comunicación y la conducta. Supongan que justamente ahora tienen que retractarse de algo de lo que yo tengo que decir, que no pueden entender lo que yo quiero decir. Y ustedes tienen reglas que les impiden preguntar qué estoy diciendo por miedo a exponerse ustedes a exponerme a mí (sacando una conclusión mala, errónea, estúpida o sin sentido acerca de mí o de ustedes mismos). Si estas condiciones están presentes, probablemente culparán ustedes a alguien. Habrá tres puntos a los que deben dirigir su atención: a ustedes mismos, a mí o a la situación.

Se sentirán a disgusto de alguna manera; sentirán ansiedad, hostilidad hacia mí e impotencia ante la situación (ansiedad, «no soy bueno»; hostilidad, «tú no eres bueno»; impotencia, «soy pequeño y débil»). Probablemente tendrán estos tres sentimientos, en este orden más o menos: ansiedad, hostilidad e impotencia. Serán debidos al hecho de que no pueden guardar su individualidad para ustedes solos. Y su incapacidad para guardar su individualidad para ustedes sólo vendrá determinada por sus reglas acerca de las clases de preguntas que pueden hacer.

Si tienen reglas que les permiten hacer una exposición arriesgada y preguntar claramente si hay confusión o falta de claridad, pueden eludir estos sentimientos de ansiedad, hostilidad e impotencia. Para arriesgarse se requiere un conocimiento de la propia habilidad para salir airoso frente al dolor, angustia y daño de los otros y saber que no sucumbirán al ser dañados, angustiados y/o heridos (dolor, «estoy herido»; angustia, «usted me hiere», y herir, «yo no cuento»).

Una pregunta directa se considera frecuentemente como un riesgo. El uso infrecuente de preguntas directas es una de las señales de incapacidad para comunicarse con una familia turbada; otro es el uso infrecuente de los nombres de pila.

Está claro hasta este momento que yo creo que los humanos están continuamente investigando para hacer las cosas bien. La falta de éxitos para hacer las cosas adecuadamente tiene su manifestación en la aparición de síntomas. La inhabilidad para explorar mediante preguntas directas y haciendo informes exactos no interfiere la investigación; la investigación surge de una manera confusa, indirecta o poco clara, que se muestra en síntomas o en resultados inapropiados.

Así el análisis de un síntoma comienza con un análisis de la comunicación y un documental sobre los resultados. Luego viene la exploración del sistema familiar, que aclara las reglas que mantienen el sistema y señalan los procesos individuales que instrumentan estas reglas.

En suma, la terapia familiar se centra alrededor de la aplicación de los conceptos de interacción y trata de las reglas y procedimientos presentes de los individuos para explorar el sistema familiar. Las teorías que relacionan la conducta con el proceso interaccional están muy lejos de ser nuevas. Freud usó esta idea en el tratamiento del pequeño Hans; Sullivan, Moreno, Ackerman, Lidz, Fleck, Bowen, Bateson, Jackson y Berne —para mencionar algunos— han usado conceptos inter-accionales para comprender la conducta humana.

Fuente: PNLNET.COM

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